Invocación de la Imagen Latente.

Conferencia Tato Gonçalves “Del baritado al glicée”

“A toda conquista le corresponde una pérdida”

Goethe

 En  el acontecer contemporáneo donde la imagen ha dejado de ser tangible, miramos hacia atrás con nostalgia, cuestionándonos tanto, todos aquellos valores representativos de la misma – verdad, memoria, registro, identidad, archivo, etc.-, como aquellos otros valores “invisibles” más relacionados con el valor poético o simbólico de la imagen fotográfica.

© Alicia Rodríguez Macías

La actitud tecnócrata que nos identifica, curiosamente  nos aísla, convirtiéndonos en seres contemplativos, pasivos y alienados. Nos encontramos irremediablemente dentro de un entorno visual al que estamos sometidos, sin posibilidad de escapatoria. Protegidos de la realidad ante la luminiscencia de una pantalla, somos partícipes de ese otro mundo virtual lleno de apariencias. Estamos en el momento idóneo para inmolarnos dentro del terreno social y cultural a través de un imaginario colectivo. Contagiarnos de esta crisis visual  para así entrar en una especie de activismo espiritual dentro de lo puramente social.

© Alicia Rodríguez Macías

Y es por lo que les invito a invocar al espíritu de  la imagen latente, un acto nostálgico, que verifica y constata nuestra pertenencia a esta sociedad del espectáculo, entendido este no como un conjunto de imágenes, sino como una relación social entre las personas mediatizadas por las imágenes, como diría Guy Debord. O porque no, tirar más del hilo temporal y llegar a las reflexiones de Walter Benjamin “…La humanidad se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético”.

Y es dentro de esta alienación, dentro de este patético goce estético, donde se manifiesta la necesidad de un acto terapéutico, físico, donde  entrelazados, conectados carnal y espiritualmente ritualizamos “la espera de la visibilidad”. Una recreación donde se invoca al espíritu de la imagen latente y se cuestiona la invisibilidad de la imagen fotográfica.

© Gilberto Naranjo (Junior)

El intervalo temporal que separa la huella luminosa invisible, de la imagen revelada y visible, es un tiempo siempre dilatado e impredecible, un tiempo hoy inexistente ya que la imagen digital es una imagen inmediata, a la vez que efímera. Pasa fugaz ante nuestra mirada para desaparecer a continuación, pues irremediablemente, otra imagen ha ocupado su lugar. Este fenómeno en tanto en cuanto, podríamos definir como postindustrial o posmoderno  hace que el ojo actual, sea un ojo fugaz, fatigado ante el desbordamiento de lo visible. Un ojo que lucha por preservar  la permanencia en la imagen, en  una constante búsqueda de reposo, lentitud y penetración en lo mirado.

© Alicia Rodríguez Macías

Y es esta actitud de duelo ante la muerte de la imagen latente, lo que hace que sea una necesidad imperiosa su invocación, en espera de una manifestación “invisible” que nos haga reflexionar sobre el tempo fotográfico. Ese espacio temporal entre el click de la cámara  y la imagen final. Ese tiempo de espera,  lleno de incertidumbre, dudas y emoción, pues la imagen, aunque invisible en ese momento, sabe de su territorialidad, de poseer un centro tangible en el que depositarse definitivamente. Hoy la imagen digital, como ya nos constata Joan Fontcuberta en su libro La Cámara de Pandora es una imagen  sin lugar y sin origen, desterritorializada, no tiene lugar, porque está en todas partes. Su excesiva y banal visibilidad hace que hayamos perdido toda ilusión, y  deseo al que fuimos invitados a través de la invisibilidad de la imagen latente.

© Gilberto Naranjo (Junior)

Hemos matado a la imagen latente y con ella, al tiempo de espera

Esperemos que esta conquista urgente de la visibilidad que acompaña actualmente a la imagen, nos emocione lo suficiente para que su visibilidad sea consciente,  o mejor aún, ser fieles seguidores del pensamiento de Tomas de Aquino donde “la visibilidad corresponde a una energía en forma de crecimiento”. Y que este crecimiento, finalmente, nos ayude a alimentar nuestro espíritu y nuestro imaginario,  hoy tan sutilmente sitiado.

Raquel Zenker

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